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Posts Tagged ‘literatura’

La muralla individual y El llanto de César Aira

Desde hace unos meses estoy encarando un trabajo de investigación en el área de literatura argentina y, si bien todavía está en proceso, algunas lecturas que no entraron en el trabajo valen la pena ser revisadas y re-pensadas. Uno de los libros que encontré en el camino fue El llanto de César Aira. Este escritor es uno de esos casos donde su reputación lo precede a donde vaya y, sobre todo, los prejuicios. Aira es bastante prejuzgado por ser un escritor prolífico como pocos (del estilode Stephen King) y por negarse a formar parte de lo que podríamos denominar como “el circulo literario argentino“, ya que no acostumbra dar entrevistas ni escribir para medios culturales nacionales. Por estas razones, cuando se empieza una conversación sobre Aira la habitación se llena de palabras no dichas, pensadas, escuchadas y leídas sobre él.

El llanto es una obra particular, es una de las pocas, dentro de la bibliografía de Aira, donde el narrador es un escritor. Este comentario puede parecer un tanto arbitrario de mi parte, pero este atiende a una costumbre que se ha dado entre los escritores de distintos puntos cardinales en centrar la ficción en el escritor como personaje y como narrador (involucrado y omnisciente). La historia parece ser bastante sencilla, pero no lo es: un escritor, de una fama modesta, descubre que su esposa esta involucrada en un asesinato. Poco tiempo después de presenciar el ataque, la mujer le pide el divorcio y le confiesa que esta embarazada de su amante.

Como expresa el narrador en las primeras líneas, cuando comienza a contar la historia él ya esta viviendo “la certeza atroz de que sucedió lo que más temía” y eso genera su llanto. Se puede hablar del llanto como un hecho puramente sensitivo o una reacción a cuestiones que pueden perturbar lo más profundo del ser humano, pero no es el caso de Aira. Aira usa el llanto como una barrera que va encerrando página a página al personaje central, llevandolo a la soledad más profunda y un vacío indescriptible.

No considero necesario contar cómo continua la historia ni el por qué de la perpetración del llanto como simbolismo en toda la obra. Lo cierto es que el llanto termina siendo una muralla que envuelve al personaje en sí mismo y termina llevando la historia a un final inesperado e indescriptible (por lo menos en un espacio como este, con pocas palabras). Vale hacer una mención a la expresión de la realidad argentina que hace Aira, obviando cuestiones cotidianas y centrando su interés en cuestiones menos usuales para el ciudadano común. La obra es altamente valorable por su caracter sincero, con situaciones insospechadas narradas a la perfección y la sensibilidad expuesta ante un personaje que jamás vivió sus sentimientos en forma completa.

La mujer de la arena, de Kôbô Abe

Kenzaburo Ôe diría alguna vez que Kôbô Abe era merecedor del Premio Nobel que a él le habían entregado. Mejores palabras que esas son difíciles de encontrar de un escritor a otro (más, como el caso de estos dos, siendo buenos amigos). Hay mucho de cierto en las palabras de Ôe: Abe es un escritor con una narrativa distinguida por lo inusual y único de sus formas. Pero, debo decirlo, en sus formas no termina la grandeza de este autor, porque en La mujer de la arena (Suna no onna) la originalidad de la historia es fundamental para que el lector se enfrente a esta.

La obra de Kôbô Abe es una experiencia única que fundamenta su originalidad en una historia única: Un entomólogo (Niki Jumpei) sigue un insecto en una playa perdida y se va metiendo en un poblado muy pequeño, perdido entre las dunas, donde no hay hoteles (de acuerdo con lo que le informan los ancianos locales), por lo tanto pasará la noche con una viuda. En su estadía se ve obligado a colaborar con los quehaceres de la casa (a la que solo se puede acceder por sogas) intentando que la arena no destruya la vivienda ni entre a esta (tarea imposible), quedando así esclavizado en esa vida por la complicidad del poblado. 

La opresión y la mixtura de sentimientos son una marca profunda en esta obra. Así el lector se siente tan oprimido como Jumpei y se suma a las constantes opciones de escape, siendo otra pieza en el desarrollo de la novela, buscando una perspectiva para entender a todos los personajes y a la misma aldea donde se dan las cosas con una naturalidad que no hace más que despertar sospechas y misterios alrededor de cada costumbre que tienen. A esto se suma la mixtura de sentimientos que, indirectamente, también involucran al lector a sentir con Jumpei desconciertos intensos, un extraño cariño (que roza a la rutina y la costumbre) por la viuda, la repulsión por los ancianos del pueblo que parecen ser los titiriteros de toda la aldea, la depresión, la ira que generan los lugareños que trabajan sin terminar de entender (o explicar) por qué lo hacen.  

Kôbô Abe no ignora al lector, sino que lo busca. Busca su respuesta, su reacción y que se involucre con lo que sucede. Esta obra no terminó en un libro, porque le dio a Abe la llave para otro mundo que su narrativa estaba buscando: el cine. La película Suna no onna fue dirigida por Hiroshi Teshigahara, quien dio a Kôbô Abe un rol fundamental para el desarrollo del guión. Así, Abe encontraría una ventana para su desarrollo que no dejaría de explotar, formando luego una compañía de teatro y dando clases para actores también.

La mujer de la arena además de ser una viuda parece ser una mujer que se dio por vencida con una vida ideal, con la idea misma de vivir en mayor libertad y así Jumpei alterna entre el cariño, el odio y la lástima que la viuda de genera. Pero no es por nada que la obra lleva ese título, la mujer de la arena será la representante fiel de todo aquello que será (con el paso del tiempo, según lo planeado por los ancianos) el futuro de Niki Jumpei.

La belleza según Manuel Vicent

Al día de ponerme a escribir este post, han pasado muchas noches de que terminé de leer “La novia de Matisse” de Manuel Vicent, una obra con la particular belleza de ser extraña en el tratamiento que hace de la belleza. Vicent, nos ofrece una obra con un fluido movimiento de palabras y un discurso ágil que facilita al lector el paso a paso del paseo entre las hojas.

La literatura tiene la costumbre de buscar respuestas a preguntas cómo la vida, en su principio, su fin y aquello que la rodea. En esta obra, en el ambiente que ella nos muestra, nada rodea a la vida tanto como al arte. Así, a partir de ella se buscan respuestas  a los hechos más simples de la vida, como la misma muerte. Del mismo modo, un tema en la literatura moderna es el rejuvenecimiento a partir del amor. Vicent se anima a desafiar esa idea fundamental, buscando el rejuvenecimiento en el amor al arte, a aquello a lo que sólo grupos privilegiados tienen real acceso y conocimiento del ilimitado mundo en el que la belleza artística sobrepasa al humano como un ser conocido. 

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El arte, los artístas y el azar (representado en un anillo perdido) se atan a la vida de Julia en forma crucial. Así, Julia se siente unida a la vida por un vínculo superior hasta los ahora conocidos y, al mismo tiempo, desarrolla una relación discipulo/maestro con el merchante, que comienza a influenciar su vida, teniendo la capacidad de determinar desde pequeñas cosas (como la ubicación de algún cuadro) hasta el modo en que tienen relaciones sexuales, buscando ejercer cierta influencia en el merchante como oyente.

Quizás las culpas no pasen por Vicent, sino más por la influencia de Matisse en ciertos momentos particulares de la obra, donde el arte lleva a los personajes como un hado que guía al héroe en su epopeya. El arte será un camino que los personajes navegarán sin pensar en dónde los deparará y el lector los seguirá, sólo con el objetivo de conocer si el arte esta tan atada a la vida, como la vida esta atada al arte. Así, el lector se une a la obra sin darse cuenta que se está atando al arte como los personajes de la obra y, así, se mantiene conciente que esta atado a su propia vida.

La escuela Tolkien: Hoy “Eoin Colfer”

septiembre 6, 2008 1 comentario

Aclaración: A partir de ahora (y durante salteadas ediciones) me referire a la “Escuela Tolkien” como un grupo de escritores que han desarrollado más de una obra, siguiendo la línea fundadora (aunque también podríamos llamarla la línea más popular, para no entrar en discusiones de género) de J. R. R. Tolkien. Estos escritores son agrupados por su relación con la temática de Tolkien, pero no necesariamente por el estílo en la narrativa u otras digresiones.

Nacido en Irlanda en 1965 y de vocación docente, Eoin Colfer se nos presenta como un docente común y corriente, con familia tipo y oriundo de Wexford. En el año 2001 Colfer edita el primer tomo de Artemis Fowl, teniendo como antecedentes la edición de algunos libros infantiles (como el ejemplo de Benny y Omar) donde relataba aventuras en base al tiempo pasado en Tunez durante su infancia.

Si la aparición de Artis Fowl tiene alguna relación con el éxito alcanzado por Harry Potter en 1997 en el Reino Unido es una duda, pero lo cierto es que la obra de Rowling llevó a que autores del género tengan mayor alcance con sus obras. En este caso, Artemis Fowl es una obra que se adhiere a la Escuela Tolkien, relatando las aventuras de un niño de doce años que, ubicandose en un lugar entre huerfano e ignorado, por sus padres y rodeado de una fortuna que se agota comienza a hacer contacto con los seres subterraneos (enanos, gnomos, trolls, centauros, entre otros) y desarrolla una batalla entre estos y él mismo donde da prueba de las capacidades intelectuales que lo caracterizarán a lo largo de los ocho libros que lleva la serie.

Artemis es un personaje energico, sumamente independiente de cualquier condición social que pueda atarlo, pero al mismo tiempo tiene las características afectuosas de cualquier pre-adolescente que se irán viendo a lo largo de la saga que es su vida.

A Colfer lo caracterizan la capacidad de representar personajes definidos (aunque algunos caigan en estandares predecibles), las tramas son su fuerte: se presentan intrincadas y de resoluciones complejas, tratando temáticas poco simples y mezclando el mundo humano (o real) con el mundo de las criaturas subterraneas (o fantástico), la inserción de uno en el otro está planeada detalladamente y no deja cabos sueltos para que el lector encuentre flaquezas en el texto. A pesar de apuntar a un publico adolescente e infantil, los libros de Colfer no presentan ningún inconveniente para la lectura adulta y tampoco así la problemática que traen con ellos. Si bien no son de lectura “obligada” como el gran maestro Tolkien, traen tras de si la capacidad de encontrar una vuelta más real a la literatura fantástica juvenil.

La musicalidad del silencio en Michaël Dudok de Wit

No es fácil hablar de Michaël Dudok de Wit hoy por dos razones: una es que ya ganó un Oscar con su corto Father and Daughter (y aparte tuvo otra nominación con The Monk and the Fish); la otra razón por la que me complica hablar de él es que voy a hacer mención a su uso del silencio, materia que me tiene obsesionado desde hace unos años en todas sus variantes.

Yendo por partes, de Wit (1953, Holanda) es un graduado de la West Surrey College of Art, cosa que importa poco, porque lo importante es el estílo que lo caracteriza. Siguiendo las líneas de la tradición oriental (lease China y Japonesa), impone un simplismo claro en cada trabajo, líneas definidas y colores bien trabajados por su textura y su brillo, hechos en acuarela que exige un esfuerzo grande para los tiempos que corren en el que la tecnología le permite hacer un corto a cualquiera.

Pero haciendo honor al título de este post, es pertinente hablar de la falta de diálogo en sus cortos. No es un problema, ya que se ve sustituído por una serie ritmica elegida especialmente para el dibujo, como si la música y el dibujo se hubieran compuesto en simultaneo. Sin ir más lejos, el último trabajo de de Wit (The Aroma of tea, 2006) muestra una combinación en el arte de la composición simetrica, si los matemáticos me permiten llamarla así; este corto esta hecho por completo en dibujos a base de té y durante los 3:20 minutos que dura podemos seguir el recorrido de un punto impulsado sólo por la música o, si se quiere complicar la cosa, impulsado por la musicalidad que el silencio le brinda, que le da el preciado movimiento.

Les dejo para que vean la obra que le valió a de Wit su primer nominación al Oscar, con la música de La Follia, de Corelli que es una interpretación bellisima.

“Stranger than fiction”: El objeto como límite de la ficción*.

Un reloj. De eso podría tratarse está película para delinear, en pocas palabras, aquello que la hace tan indescriptible como excepcional. Todo es un reloj que cumple con aquello que al ser humano le resulta imposible: constancia y fidelidad totales. Y si Harold Crick (Will Farrell) prestara más atención al reloj, la película sería otra. Por el contrario, Harold no puede quitar de su mente la frase de una escritora (que se dedica a narrar su vida en detalle) le dice a su mente, mientras corrige la hora de su reloj: “Little did he know, that this simple simile innocuous fact would result in his imminent death” (Poco sabía él que es simple, casi inocuo hecho resultaría en su inminente muerte). Desde ahí, es otra la historia. Porque el hombre debe buscar su camino, su género, su final. Debe luchar y recorre aquel camino que el héroe debe transitar y, hasta ahora, solo lo recorría un número. A Harold no parece molestarle ser un hombre/número de esos que invaden la sociedad actual hasta que llega el momento de tomar decisiones.

El reloj es aquel objeto que parte el mundo de Harold en dos y lo llevará a verificar que aquellos objetos construyen los conceptos cotidianos y son los que pueden permitir al hombre cambiar, evolucionar, mejor dicho, ser en todo aquello que una vez se quiso ser. La búsqueda se hace a partir de la raíz y la raíz no siempre es lo que parece o lo que cada individuo cree es su raíz en realidad.

Por eso esta película no es sólo literatura, porque si bien la guía que acompaña al héroe en el camino está en manos de un profesor de Teoría literaria (Dustin Hoffman), quién relata con perfección y anticipación cada paso es la narradora Karen Eiffel (Emma Thompson). Así y todo, la base de esta película está en el estilo. Ese estilo que está bien definido y depende de un solo factor, su nombre lo encierra todo: Punk. Así el sonido de la película, las representaciones de quienes conforman las circunstancias de la vida de Harold, los cambios (y, porqué no, quiénes los provocan), los deseos de un hombre que ronda los cuarenta y lo único que desea de su vida es un poco más de música. No es casualidad el encuentro de lo literario y lo musical, mucho menos lo literario y el Punk. Aquí la presencia de la música en el combate cuerpo a cuerpo entre ficción y realidad se sostiene sólo por la actitud que tienen en común por su base, en su ritmo.

Es inevitable pensar en Niebla, de Miguel de Unamuno, al momento de ver que, en este caso, una muerte unió al autor y al personaje en la realidad. Si lo vemos a partir de las circunstancias, una carta (en el caso de Niebla) y un reloj (en el caso de Stranger than fiction) son objetos, de dos épocas distintas, en los que elementos de la obra y la realidad colisionan en aquello que antes llamé un combate cuerpo a cuerpo.

El objeto/circunstancia limita la vida de Harold, como la de todos se ve limitada en esta sociedad dónde el consumo se vuelve más importante que el consumidor. Las circunstancias se construyen a partir de los objetos que el consumo decide debemos tener. La gran pregunta que deja este film es: ¿Hasta dónde cada uno construye sus circunstancias a partir del consumo y hasta dónde a partir de una actitud personal?

“Sometimes truth is stranger than fiction”

Bad Religion – Stranger
* Stranger tha fiction (Dir: Marc Forster; Guión: Zach Helm; Cast: Will Ferrell, Dustin Hoffman, Emma Thompson.)
Estrenada en cines a fines del 2006, pasó desapercibida por la mayoría de los cines de latinoamerica. Este texto es de mí autoría, lo preparé para una revista, pero no entró. Me pareció un buen principio.