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Archive for 27 enero 2010

La muralla individual y El llanto de César Aira

Desde hace unos meses estoy encarando un trabajo de investigación en el área de literatura argentina y, si bien todavía está en proceso, algunas lecturas que no entraron en el trabajo valen la pena ser revisadas y re-pensadas. Uno de los libros que encontré en el camino fue El llanto de César Aira. Este escritor es uno de esos casos donde su reputación lo precede a donde vaya y, sobre todo, los prejuicios. Aira es bastante prejuzgado por ser un escritor prolífico como pocos (del estilode Stephen King) y por negarse a formar parte de lo que podríamos denominar como “el circulo literario argentino“, ya que no acostumbra dar entrevistas ni escribir para medios culturales nacionales. Por estas razones, cuando se empieza una conversación sobre Aira la habitación se llena de palabras no dichas, pensadas, escuchadas y leídas sobre él.

El llanto es una obra particular, es una de las pocas, dentro de la bibliografía de Aira, donde el narrador es un escritor. Este comentario puede parecer un tanto arbitrario de mi parte, pero este atiende a una costumbre que se ha dado entre los escritores de distintos puntos cardinales en centrar la ficción en el escritor como personaje y como narrador (involucrado y omnisciente). La historia parece ser bastante sencilla, pero no lo es: un escritor, de una fama modesta, descubre que su esposa esta involucrada en un asesinato. Poco tiempo después de presenciar el ataque, la mujer le pide el divorcio y le confiesa que esta embarazada de su amante.

Como expresa el narrador en las primeras líneas, cuando comienza a contar la historia él ya esta viviendo “la certeza atroz de que sucedió lo que más temía” y eso genera su llanto. Se puede hablar del llanto como un hecho puramente sensitivo o una reacción a cuestiones que pueden perturbar lo más profundo del ser humano, pero no es el caso de Aira. Aira usa el llanto como una barrera que va encerrando página a página al personaje central, llevandolo a la soledad más profunda y un vacío indescriptible.

No considero necesario contar cómo continua la historia ni el por qué de la perpetración del llanto como simbolismo en toda la obra. Lo cierto es que el llanto termina siendo una muralla que envuelve al personaje en sí mismo y termina llevando la historia a un final inesperado e indescriptible (por lo menos en un espacio como este, con pocas palabras). Vale hacer una mención a la expresión de la realidad argentina que hace Aira, obviando cuestiones cotidianas y centrando su interés en cuestiones menos usuales para el ciudadano común. La obra es altamente valorable por su caracter sincero, con situaciones insospechadas narradas a la perfección y la sensibilidad expuesta ante un personaje que jamás vivió sus sentimientos en forma completa.

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La mujer de la arena, de Kôbô Abe

Kenzaburo Ôe diría alguna vez que Kôbô Abe era merecedor del Premio Nobel que a él le habían entregado. Mejores palabras que esas son difíciles de encontrar de un escritor a otro (más, como el caso de estos dos, siendo buenos amigos). Hay mucho de cierto en las palabras de Ôe: Abe es un escritor con una narrativa distinguida por lo inusual y único de sus formas. Pero, debo decirlo, en sus formas no termina la grandeza de este autor, porque en La mujer de la arena (Suna no onna) la originalidad de la historia es fundamental para que el lector se enfrente a esta.

La obra de Kôbô Abe es una experiencia única que fundamenta su originalidad en una historia única: Un entomólogo (Niki Jumpei) sigue un insecto en una playa perdida y se va metiendo en un poblado muy pequeño, perdido entre las dunas, donde no hay hoteles (de acuerdo con lo que le informan los ancianos locales), por lo tanto pasará la noche con una viuda. En su estadía se ve obligado a colaborar con los quehaceres de la casa (a la que solo se puede acceder por sogas) intentando que la arena no destruya la vivienda ni entre a esta (tarea imposible), quedando así esclavizado en esa vida por la complicidad del poblado. 

La opresión y la mixtura de sentimientos son una marca profunda en esta obra. Así el lector se siente tan oprimido como Jumpei y se suma a las constantes opciones de escape, siendo otra pieza en el desarrollo de la novela, buscando una perspectiva para entender a todos los personajes y a la misma aldea donde se dan las cosas con una naturalidad que no hace más que despertar sospechas y misterios alrededor de cada costumbre que tienen. A esto se suma la mixtura de sentimientos que, indirectamente, también involucran al lector a sentir con Jumpei desconciertos intensos, un extraño cariño (que roza a la rutina y la costumbre) por la viuda, la repulsión por los ancianos del pueblo que parecen ser los titiriteros de toda la aldea, la depresión, la ira que generan los lugareños que trabajan sin terminar de entender (o explicar) por qué lo hacen.  

Kôbô Abe no ignora al lector, sino que lo busca. Busca su respuesta, su reacción y que se involucre con lo que sucede. Esta obra no terminó en un libro, porque le dio a Abe la llave para otro mundo que su narrativa estaba buscando: el cine. La película Suna no onna fue dirigida por Hiroshi Teshigahara, quien dio a Kôbô Abe un rol fundamental para el desarrollo del guión. Así, Abe encontraría una ventana para su desarrollo que no dejaría de explotar, formando luego una compañía de teatro y dando clases para actores también.

La mujer de la arena además de ser una viuda parece ser una mujer que se dio por vencida con una vida ideal, con la idea misma de vivir en mayor libertad y así Jumpei alterna entre el cariño, el odio y la lástima que la viuda de genera. Pero no es por nada que la obra lleva ese título, la mujer de la arena será la representante fiel de todo aquello que será (con el paso del tiempo, según lo planeado por los ancianos) el futuro de Niki Jumpei.